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Puro

Yo tuve alguna vez 18 años, visitaba bares y boliches, tomaba cualquier cosa y hacía alarde de la “supuesta” cultura alcohólica que tenía. Como muchos, me enojaba y me sentía estafada cuando un cóctel venía recargado de hielo. Discutía con bartenders y camareros. Después, yo misma fui camarera. Después, trabajé en bares de coctelería. Después, a mí me devolvían los cócteles con el pedido insistente y molesto del cliente: “¡Decile que le saque hielo!” Entonces, aprendí. Distintos bartenders con los que he trabajado me fueron enseñando. Porque un camarero no es sólo aquel que lleva los platos o las bebidas a la mesa, es (entre infinita cantidad de enumeraciones más) quien sabe de qué se componen las cosas y por qué se sirven de tal o cual manera. Explicarle a un cliente decepcionado por qué está recibiendo un cóctel con mucho hielo es a veces frustrante, hay que tener las herramientas para hacerlo y el cliente debe tener buena predisposición para creernos y ganas de aprender. No
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Honrar la vida

Hace un par de años empecé a ver Chef`s Table . Y cuando digo que empecé a verla, no quiero decir que no haya mirado ya sus seis temporadas completas y la edición especial Chef´s Table France. Quiero decir que nunca he dejado de verla. Que vuelvo una y otra vez a sus capítulos, me maravillo nuevamente, descubro nuevos detalles, pauso, tomo apuntes, investigo por otro lado. Es considerada una de las mejores series gastronómicas de los últimos tiempos, pero decir simplemente eso es cerrar el mensaje a una idea que no es en absoluto tan sintética como para agotarla en una única oración. Es una serie de gastronomía, sí. Pero también es una serie de Historia y de historias de vida, que no es lo mismo ni es igual. Es una serie de geografía. Es una serie de meteorología. Es una serie de Cultura y de distintas culturas. Es una serie que narra éxitos y — casi siempre — los fracasos antes de . Se podría decir entonces, que también es una serie motivacional. Pero sobre todas las cosas, para

Mise en place

Mi nombre es Mariana y tengo 37 años. Soy poeta, editora y gestora cultural. Hace varios años que vivo un poquito de cada una de esas cosas. Pero no siempre fue así. Desde mi adolescencia a hoy, he pasado por diversos trabajos: animé fiestas infantiles, hice corretaje para una distribuidora de vinos en caja, atendí la pochoclera en una cadena de cines, fui promotora de golosinas baratas, hice changas de todo tipo y pasé más tiempo dentro de una oficina del que me hubiera gustado. La oficina era toda una promesa de estabilidad. Supongamos que era buena en mi labor, supongamos que fui escalando, supongamos que se peleaban entre concesionarios de autos por llevarme a trabajar con ellos, supongamos que todo eso era cierto. Supongamos que accedí a pasar de acá para allá, ascendiendo en puestos y en economía. Supongamos que no era feliz. No. Supongamos no. Decididamente no era feliz. Mis días estaban regidos por dos tipos de archivos, un Excel donde realizaba tareas administrativas