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Recuerdos

Nunca leerán en estos textos míos referencia alguna a los aromas de la gastronomía. Soy anósmica de nacimiento, esta palabra que ahora está en boca de todos porque es uno de los síntomas que provoca el bicho que nos acecha es, para mí, moneda corriente. No huelo, nunca olí, no sé lo que es eso. Siempre me resultó algo extraordinario que las personas huelan, que mis hermanos supieran al pasar por la puerta de casa qué había para almorzar con sólo oler lo preparado y que en cambio yo necesitara sentarme frente el plato y  ver qué había para comer. Para muchas personas el olfato es un disparador de recuerdos. Voy caminando con una amiga por la calle, pasa alguien, mi amiga me dice: esa persona tenía el perfume de tal otra, se le activa un recuerdo, me cuenta una historia. También el olfato es un disparador de deseo. Voy con mi marido caminando por el barrio, pasamos por una casa cualquiera, no se ve para adentro, mi marido dice “alguien está haciendo un asadito, qué ganas” Bueno, t
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La tradición

Tradiciones gastronómicas en nuestro país hay a rabiar. La tradición es algo que heredamos y que forma parte de nuestra identidad. La palabra tradición coquetea con la palabra costumbre, es cierto, pero los sinónimos no existen. La tradición pesa como un yunque. Todos somos conservadores cuando hablamos de tradición. Pero quitémosle la carga negativa al término. A la tradición hay que elegir conservarla. Conservar es cuidar algo, atesorarlo, guardarlo en cierta forma para dárselo a otro. Ese otro, aunque esté demás aclararlo, no necesariamente tiene por qué ser un hijo. Ese otro, además, debe tener deseo de recibirla. De esas ganas dependen la continuidad de las tradiciones. ¿Pasta o carne los domingos? Depende en la familia que hayas nacido. Yo vengo de una familia carnívora, casi caníbal. Hace rato que dejé de almorzar con mis padres todos los domingos pero, cuando ocurre, no pregunto qué habrá de almorzar, lo sé de antemano.   La tradición en algún punto tranquiliza, otorga certe

Comí

Cada vez me peleo más con la idea de “escritor favorito”, como si tener un escritor favorito fuera algo definitivo, cerrado, para siempre. Mi escritor favorito es Fulanito de tal y nadie más en el mundo habrá que me haga sentir lo que me hacen sentir sus textos . Nadie más habrá. Que nadie más escriba nada, entonces. ¿Para qué seguir leyendo? Mas bien creo que en la vida uno tiene muchos escritores favoritos, que van cambiando, suben y bajan en los top ten personales según la edad que tengamos y lo que nos esté aconteciendo al momento de leerlos. Sin embargo, hay escritores que para mí entran en otra categoría. Y a no se trata de calificarlos como más o menos favoritos, eso sería demasiado simplista. Son escritores que atraviesan todo. Se meten en nuestra vida de una manera rotunda, son como familiares a los que no vemos en persona pero visitamos mucho más seguido que a ciertos familiares a quienes sí vemos en persona. Tenemos con ellos conversaciones mucho más interesantes que con ci

Pasaron cosas

Empecé un curso de cocina hace unos meses. A distancia, como todo en los tiempos que corren. En realidad estoy mintiendo.   Aboné el ingreso a un curso de cocina hace unos meses y no tomé la primera clase sino hasta unas semanas atrás. Técnicas básicas de cocina, módulo I . El alumno dispone, una vez de hacer el pago correspondiente, de un año para tomar las cuatro clases. Aunque uno lo puede hacer con la celeridad que desee, incluso completarlo en una semana, algo un tanto intenso para mi gusto. Pero ¿un año? me pareció una exageración de parte del instituto. Una libertad sospechosa. Una generosidad un tanto ridícula. Una consideración muy extrema sobre lo mal que vivimos y el escaso tiempo que disponemos para hacer las cosas que nos gustan. Compré mi curso con tanto entusiasmo que pensé que a los pocos días encontraría el espacio para tener mi primer encuentro con los dos videos —minuciosos, de excelencia— y las recetas descargables que el instituto provee por clase. Pero no. U

Puro

Yo tuve alguna vez 18 años, visitaba bares y boliches, tomaba cualquier cosa y hacía alarde de la “supuesta” cultura alcohólica que tenía. Como muchos, me enojaba y me sentía estafada cuando un cóctel venía recargado de hielo. Discutía con bartenders y camareros. Después, yo misma fui camarera. Después, trabajé en bares de coctelería. Después, a mí me devolvían los cócteles con el pedido insistente y molesto del cliente: “¡Decile que le saque hielo!” Entonces, aprendí. Distintos bartenders con los que he trabajado me fueron enseñando. Porque un camarero no es sólo aquel que lleva los platos o las bebidas a la mesa, es (entre infinita cantidad de enumeraciones más) quien sabe de qué se componen las cosas y por qué se sirven de tal o cual manera. Explicarle a un cliente decepcionado por qué está recibiendo un cóctel con mucho hielo es a veces frustrante, hay que tener las herramientas para hacerlo y el cliente debe tener buena predisposición para creernos y ganas de aprender. No

Honrar la vida

Hace un par de años empecé a ver Chef`s Table . Y cuando digo que empecé a verla, no quiero decir que no haya mirado ya sus seis temporadas completas y la edición especial Chef´s Table France. Quiero decir que nunca he dejado de verla. Que vuelvo una y otra vez a sus capítulos, me maravillo nuevamente, descubro nuevos detalles, pauso, tomo apuntes, investigo por otro lado. Es considerada una de las mejores series gastronómicas de los últimos tiempos, pero decir simplemente eso es cerrar el mensaje a una idea que no es en absoluto tan sintética como para agotarla en una única oración. Es una serie de gastronomía, sí. Pero también es una serie de Historia y de historias de vida, que no es lo mismo ni es igual. Es una serie de geografía. Es una serie de meteorología. Es una serie de Cultura y de distintas culturas. Es una serie que narra éxitos y — casi siempre — los fracasos antes de . Se podría decir entonces, que también es una serie motivacional. Pero sobre todas las cosas, para

Mise en place

Mi nombre es Mariana y tengo 37 años. Soy poeta, editora y gestora cultural. Hace varios años que vivo un poquito de cada una de esas cosas. Pero no siempre fue así. Desde mi adolescencia a hoy, he pasado por diversos trabajos: animé fiestas infantiles, hice corretaje para una distribuidora de vinos en caja, atendí la pochoclera en una cadena de cines, fui promotora de golosinas baratas, hice changas de todo tipo y pasé más tiempo dentro de una oficina del que me hubiera gustado. La oficina era toda una promesa de estabilidad. Supongamos que era buena en mi labor, supongamos que fui escalando, supongamos que se peleaban entre concesionarios de autos por llevarme a trabajar con ellos, supongamos que todo eso era cierto. Supongamos que accedí a pasar de acá para allá, ascendiendo en puestos y en economía. Supongamos que no era feliz. No. Supongamos no. Decididamente no era feliz. Mis días estaban regidos por dos tipos de archivos, un Excel donde realizaba tareas administrativas